- Empecé mi noviazgo con Ana, una hermosa noche de finales de noviembre, pero te contaré lo que ocurrió antes de ese gran día.
Era una lluviosa tarde de principios de noviembre, el día anterior Ana había cumplido 26 años. (Por cierto no la conocí en su fiesta de cumpleaños). Pero ese día volvía a su casa después de dejar a su mamá en el aeropuerto, salía por cuatro meses de la ciudad. Meses en que estaría sola, pero no era la primera vez, porque ya hace varios años que su madre permanecía fuera del país de noviembre a febrero. Su ausencia la resentía más, los primeros dos días de su partida y los últimos tres antes de su llegada. Pero esta vez era diferente, ahora, necesitaba ese pedazo de soledad que le dejaba su madre, para que fuera llenado por Marco.
Dos noches después, el ambiente era calmado, ya Ana tenía todo listo, la cena, el vino, la música, sólo faltaba que llegara Marco, pero eso no ocurrió esa noche, ni ninguna otra. Entonces el miedo empezó a llenar todos los huecos de soledad que Marco había dejado vacíos. Así para Ana las noches se volvieron aterradoras. Pero entre el miedo y el frío de alguna de esas noches, la encontré. No recuerdo desde cuando tuve conciencia de estarla buscando, creo que fue hace muchos años. ¡Y sí, la encontré! No sabía su nombre, pero ya conocía esos ojos grandes y su risa, esa risa que me pinta una sonrisa en el rostro cada vez que la escucho.
La encontré entre su soledad y la noche, y así, juntos pasamos días felices. Podía saber cuando estaba contenta, porque juntaba sus manos contras sus piernas y me veía de reojo y guardaba silencio, ese silencio que ahora se abisma a mis pies.
-¿Creo que te estoy aburriendo, con tantos detalles cursis y lacrimógenos?, además empiezo a perderme. Tal vez lo hago intencionalmente, porque en estos laberintos de recuerdos el azar se vuelve mi única esperanza.
- ¿Qué si la he vuelto a ver? ¡No! Ni siquiera en sueños, hasta de ahí desapareció. Lo único que me queda de ella es ese dolor, que empieza en la boca del estómago y se expande por todos lados, dejando al cuerpo enfermo. O esas marcas que dejaron los abrazos y las caricias sobre mi piel.
Ella recuesta su cabeza en mi pecho y cierra los ojos, casi es real creo sentir su deseo, su tranquilidad y su miedo. Quita el pelo de su frente para besarme y abrazarme con fuerza.
-¿Y qué ha pasado con mi búsqueda?... Ya sé, siempre dije que vivía para buscarla. Pero la búsqueda terminó y sigo vivo, entonces no sé donde estoy, creo que yo también me perdí.