¡Hay que jugar!
Después de escuchar sus historias no entendía lo que buscaba, pero ahora en la soledad lo comprendí. Para saber la verdad debía conocer el principio de la historia.
Julián sabía que Ana iba frecuentemente con una bruja de nombre Maruca para que le leyera las cartas. Parecía un buen lugar para buscar a Ana.
Era sábado por la tarde, la cita de Julián con Maruca era a las 5:30 pm y la mía era a continuación. Todo caía en la monotonía de cualquier sábado, el tráfico era ligero y las calles se hallaban desiertas. En días así difícilmente se puede cambiar algo, parece que son días que no existen, días que sobran en la vida de todos.
Llegamos temprano, pero Maruca nos hizo esperar 20 minutos de más. La espera fue en silencio y nerviosa, en una sala pequeña e iluminada de forma tenue y con paredes recubiertas con un tapiz rojo. Julián entró y después de media hora salió con un gesto de desilusión. Se paró frente a mí y comentó:
- ¡No me dijo nada!, es más, se equivocó en todo.
Después de algunos minutos de oír las quejas de Julián, entré. El lugar estaba alumbrado por una luz tenue. A la derecha se hallaba una mesa con seis sillas alrededor y en el centro un frutero, a la izquierda una sala de los años setenta, escapaba del progreso, y en el fondo una vitrina llena de figurillas. Entre estas figurillas alcancé a distinguir algunos santos; San Francisco de Asís, el sabio, el Santo Santiago, el peregrino y San Lázaro, el padre.
Me senté confiado e inmediatamente Maruca tomó mi mano izquierda, y sin quitar su mirada de mi rostro, la colocó en un plato con tinta, para después ponerla sobre una carta de la baraja española boca abajo. Dejó a la tinta secar y mientras tanto recorría las líneas de mi palma, iluminadas por la tinta, con su dedo índice. Volteó la carta. Se trataba de un dos de espadas, pero la carta tenía algo extraño, porque las dos espadas las portaban ángeles en posición de descanso. Entonces Maruca inició su lectura.
- Vas a terminar lo que tu amigo está empezando, pero entre las pesadillas hay algunas que son eternas - Su mirada se había vuelto ausente y sus palabras se perdían entre mi miedo -. ¡Tu amigo está maldito! y yo con él por saber el porqué.
- ¿Cómo?
- Tu amigo conoció más de lo que debía y quedó marcado, como Ana y como yo.
Balbuceando le pregunte. - ¿Que sabes de Ana?
- Lo que leí en la mirada de tu amigo.
- Pero por qué no se lo dijiste.
Por primera vez su mirada perdió fuerza y dejó de observarme. - Entonces también le tendría que haber dicho que pronto morirá.
Salí de aquella habitación absorto, Julián comenzó a hablarme, parecía ansioso por irse. Me hizo varias preguntas pero no pude contestar ninguna. Ya en el automóvil y rumbo a su casa, intenté convencerlo de terminar la búsqueda, creo que en ciertos momentos hasta supliqué:
- Creo que esta búsqueda no tiene futuro, deberías mejor intentar seguir sin ella.
- ¿Y cuál es mi camino sin ella?
- No sé, ya lo descubrirás. Bueno, lo digo porque te está afectando demasiado no encontrarla y no hemos avanzado nada.
- Estimado Omar, sabes que no te voy a obligar a seguirme, creo que es el momento de continuar solo.
- ¡Hijo de puta!, me vas a terminar arrastrando, porque hoy también yo crucé la línea.
- ¿Qué te dijo la bruja?
- ¡Qué estas jodido!

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