Conducía rumbo a la fiesta por una pequeña carretera, mientras el sol teñía de rojo el cielo. Ana, sonreía y me contaba el último episodio de un programa de televisión. Doble a la izquierda por la desviación, tal y como lo indicaba el mapa y avanzamos en un empedrado hasta cruzar una reja. Detuve el auto, la dirección indicaba que la fiesta estaba detrás de un gran portón de madera, pero una simple cartulina y un sinfín de autos estacionados nos confirmaban el lugar. La casa era vieja y no había vecinos al rededor. Sonia y Jorge nos esperaban adentro. Ana llevaba un antifaz, una chamarra y un pantalón de cuero ceñidos al cuerpo, yo no iba disfrazado. No me gustan los disfraces, ni las fiestas de disfraces, ¡pero por Ana ! Como mi vestimenta de persona no fue bien recibida en la entrada, Ana tuvo que maquillarme con su lápiz labial, intentando simular una especie desconocida de vampiro.
El exterior de la casa ocultaba su enorme tamaño y belleza. El Jardín se componía de dos colinas arboladas, en la de la derecha se encontraba la puerta de madera, por la cual entramos. En la cima de la izquierda se ubicaba la casa principal. La mayoría de la gente se hallaba en una carpa ubicada justamente en el valle formado por las dos colinas.
Ana tomó su teléfono móvil para llamar a Sonia, mientras lo hacía, yo me di cuenta que la luna se reflejaba a través de un vitral en la casona. El camino hacia la carpa fue trazado por decenas de antorchas, pero no eran necesarias debido a que la luna iluminaba el lado derecho. Seguramente querían mantener alejados a los invitados de la casa principal, porque en la parte izquierda la oscuridad era total.
Mientras bajábamos por el camino de antorchas, Ana sonreía y tomaba mi mano con fuerza. Así reaccionaba su cuerpo, cuando una ráfaga de felicidad la invadía. Llegamos a la carpa y tuve la sensación de que la colina izquierda era sagrada, esto me ensimismó hasta que Ana me volvió a la realidad con un beso.
Después de media hora de búsqueda y cuatro cervezas para mí y un tequila para Ana, encontramos a Sonia y a Jorge. Se hallaban bailando en una esquina. Al acercarnos nos saludaron muy afectuosamente y Sonia se dirigió a Ana y le dijo. -Hace tiempo que no te veía tan feliz.-Al mismo tiempo que Sonia decía esto, Ana me abrazaba y con los ojos cerrados acomodaba su cabeza sobre mi pecho, para después alzar la mirada y decirme en voz baja. -Creo que hay palabras que debo guardar, para que sigan siendo raras.
- Empezamos a bailar entre zombis, vampiros, doctores y colegialas que saltaban frenéticos frente a nosotros. Ana brincaba y se abrazaba a mí. Me miraba y sonreía, ¡como lo había dicho Sonia, se veía feliz! Nos la pasábamos genial en ese mundo de todo tipo de personajes, bailarines y bebedores de cerveza y consumidores de anfetaminas, hasta que se acercó Sonia llorando. Jorge estaba completamente ebrio, y como acostumbraba en ese estado la había insultado. Ana me dio un abrazó y se fue con Sonia. No pasaron muchos minutos y comencé a desesperarme, ¡quería estar con Ana!, pero ya era tarde, porque la había perdido de vista y no sabía dónde encontrarla.
La música y la gente se volvieron ajenas a mí. Me sentía solo al grado de percibir a la soledad como realmente es. ¡Terrible, dolorosa e interminable...! Empezó como un ligero dolor en la boca del estómago y se fue extendiendo por cada rincón de mi cuerpo hasta encarnarse en mi lengua. (Ahora cada célula de mi cuerpo sabe que el dolor está ahí y que la cosa está jodida).
Empecé a caminar de un lado a otro, la confundía con cualquier mujer de pelo negro y lacio, también la imaginaba entre las luces o parada en algún rincón. De pronto me encontré parado justo en frente de la colina izquierda e impulsado por una sensación desconocida comencé a subir por el sendero que llevaba a la casa, (¡sentía gran ansiedad por conocerla!). La subida era complicada debido a la densa oscuridad, mi única guía era el reflejo de la luna en el vitral.
Al terminar de subir la colina me encontré con la casa y me di cuenta de que de la parte posterior de la casa, asomaba una torre que a distancia y de noche no se podía apreciar. En esa torre existen dos ventanas, una en el sur y otra en el norte. Con la luna llena, la luz entra por la ventana derecha que tiene forma cóncava; y concentra la luz como si fuera una lupa, sobre la ventana de la izquierda, que a su vez la expande sobre el vitral debido a su forma convexa.
Me acerqué hasta la entrada y miraba las múltiples tonalidades de rojo de las vidrieras del vitral. Como si fuera un sueño una sombra abrió el portón principal de la casa y se acercó lentamente hacia mí. Desde la oscuridad escuché un cálido -¡Hola!-. Y de las sombras apareció una princesa con un vestido medieval color sangre, sus ojos se perdían con la noche y la blancura de su rostro pintaba los pasos que iba dejando atrás.
- Eres el primero que se interesa más por la noche, que por las luces de la fiesta.
Iba a contestar con una gran cantidad de halagos para ella y la casa, y una buena historia de como buscando el baño había llegado allí, pero cuando intenté hablar, mis palabras se ahogaron en un silenció.
- ¡No te preocupes!, puedes quedarte todo el tiempo que quieras. -Sonreía con calma y dulzura.
Le contesté -¡Gracias!, pero me esperan en la fiesta
-. Mientras decía esto, ella tomó mi mano y dijo. - Pero si te vas ahora seré yo quien te espere.
Entonces un impulso de pasión me hizo tomarla del brazo y comenzar a besarla y acariciar sus piernas, ella mordía mis labios. La luna avanzaba a través de vitral, mientras yo avanzaba entre su vestido. La oscuridad de sus ojos me develaba sus secretos. El césped se había vuelto del color de la noche y mis manos se mezclaban con su piel. Desperté de mi ensoñación con un zumbido que irrumpía la noche. Mi teléfono móvil no paraba de sonar.
Como cuando despiertas de un largo sueño reaccioné y a toda prisa bajé la colina en busca de Ana, dejando mi teléfono y todo lo demás atrás. Al llegar al valle, me encontré con una fiesta casi vacía, aún así no pude dar con ella. Con desesperación corrí hacia la salida, pero a mitad del camino la vi en un rincón del jardín al lado de Sonia. Deprisa me dirigí hacia donde se encontraban, al llegar, abrace a Ana con fuerza, pero ella apenas respondió y sin decir nada acomodó su cabeza en mi pecho.
De regreso me equivoqué de caminos y terminamos en una colonia llena de topes. Ana estaba ensimismada, no emitía ningún sonido. Pero todo cambió cuando pasamos por una calle cubierta de pinos. Ana comenzó a mirar los árboles y las casas, se notaba intranquila.
- ¡Por favor detente!- me suplicó.
- ¡Pero Ana, está muy oscuro, para qué!
- Detente en esa casa de la esquina, por favor- y señaló una casa de estilo barroco, con techos de doble agua y una torre circular.
- Es muy tarde, qué quieres.- le dije, pero no me escuchaba, su mente estaba en otro lado. Sin decir palabra extendió su mano hacia la manija para abrir la puerta. Se lo impedí apretando el botón que activa el seguro para todas las puertas. Al no poder salir su semblante cambió a enojo.
-¡Ábreme, ábreme o rompo la ventana! - gritaba mientras le daba golpes a la puerta.
Quité los seguros y salí tras ella, intentaba convencerla de volver al auto, pero para ella sólo existía la casa. Saltó una pequeña reja y empezó a tocar en la puerta principal; la cual era de madera con forma ojival, tenía símbolos astrológicos tallados sobre el contorno, y en el centro, dos ángeles en posición de descanso, empuñando una espada de doble filo.
- ¡Ana!, ¿quién vive aquí...? ¡No hay nadie, mira no hay una sola luz!
Ana dejo de tocar y se abrazó a la puerta, para lentamente ir descendiendo hasta quedar en cuclillas.
- ¡Vamos al auto!, qué tienes…
Ana comenzó a llorar. Me senté a su lado e intenté consolarla con algunas palabras, que se ahogaron en una profunda tristeza. Ya empezaba a amanecer y conforme amanecía su imagen se fue tiñendo de negro y el silencio se apoderó de todo el ambiente. Entonces las sombras dejaron de existir y el frío de la madrugada comenzó a calar en mis huesos. Ana me miró fijamente y dijo.
- Pronto tendremos que separarnos... Y cuando suceda no me busques.
- Por qué dices eso.- Pasaron algunos minutos sin que Ana pudiera hablar.
- Hoy, la noche te llevó hacia ella.