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De Todo y Nada

04/09/2008 GMT -6

Más halla de la Noche 1ra Parte

luisinmiedo @ 11:25

Eran las seis de la mañana cuando sonó el teléfono y una voz sin nombre al otro lado, me comunicó que Julián había fallecido. Me levante de la cama y del escritorio saqué una carta con mi nombre escrito a máquina en el sobre. La carta me la había dado Julián una semana atrás, con la promesa de no abrirla, a menos que, él ya no pudiera seguir buscando a Ana.

         Estimado amigo si estás leyendo estas palabras habré fracasado aunque..., aunque todavía tengo fe, creo que por algo estoy escribo esta carta. He estado cerca de saber la verdad, pero no la encontré. Ahora, tú para conocerla tienes que recordarnos a los dos.

 No pudo resistir a la insistencia de sus amigas, para que conociera a Juana. Ana esperaba a que abrieran frente una puerta gótica, con dos ángeles tallados con sumo detalle en la madera. La puerta se abrió y de inmediato reconoció la risa de Sonia. Ana pasó a la estancia, en su rostro no se diferenciaba el miedo de la pena. La estancia era enorme y en las paredes colgaban cuadros costumbristas, todos con la misma temática, del paseo por el parque. Las dos avanzaron hasta la sala, en la cual colgaban tapices alusivos a la vendimia. En el fondo una gran chimenea, que todavía dejaba escapar el calor de los leños carbonizados de noches atrás, sobre la chimenea se alzaba un cuadro enorme. En el cual aparecía; un ángel de cuerpo completo en posición de descanso, tenía cierto parecido a los de la entrada, pero este tenía el dedo índice pegado a la boca, en señal de silencio o en señal de estar meditando el siguiente movimiento en la partida de ajedrez, que se encontraba en la mesa de centro.

Paula las esperaba en la sala, tomaba una copa de vino con suma delicadeza y enseñaba una ligera sonrisa, parecía estar guardando un secreto, que ansiaba rebelar. La blancura en su piel se acentuaba entre esas largas paredes  de piedra volcánica que la rodeaban. Sus ojos ocultaban cualquier sentimiento y su sonrisa completaba el disfraz. Sonia le pido a Ana que se sentara mientras que ella iba por Juana. Ana se sentó frente a Paula. Su desconfianza se marcaba en su rostro, mientras tanto Paula seguía sonriendo y tomando vino.

- ¿Estas nerviosa?- pregunto de pronto Paula. Pero Ana no respondió.

- La casa es hermosa, no crees- volvió a preguntar.

- No me gusta, es demasiado vieja, parece una iglesia, no una casa.

El silencio invadió cada uno de los rincones de la sala, hasta ser roto por pasos acompañados por la risa nerviosa de Sonia y por el crujir de los viejos pisos de madera. Paula sonreía y sus ojos, que siempre eran fríos se tornaron intensos, parecía arder algo en su interior. Mientras tanto Ana sin cambiar su expresión miraba fijamente hacia el lugar de donde provenían los pasos y las risas.

Los pasos se detuvieron, y las risas comenzaron a resonar por las paredes de la sala. Entonces, una señora con el pelo recogido y  vestida con un pantalón de casimir negro y un saco largo apreció, detrás de ella Sonia apenas podía contener su risa.

-¡Hola!, tu debes de ser Ana, te estaba esperando.-Su mirada recorría las facciones de Ana, como si intentara gravarlas en su memoria.

-Por qué.-Contestó Ana.

 

- Tus amigas siempre hablaban de ti.

 

- ¡Y qué dicen!

 

- Siempre comentan que eres ideal para aprender el arte de la brujería.- Al mismo tiempo que decía esto, miraba a Paula de forma profunda, parecía que podía ver más allá de lo que su sonrisa ocultaba. Entonces Paula se levantó y dijo.

- Preparamos un banquete para celebrar que por fin estas aquí.

Sonia salto hacia la sala y tomo de la mano a Ana, y la levanto a jalones del sillón, Ana se paró desganada y con un gesto de desagrado.

- ¡Vamos Ana, vamos! Me muero de ganas que veas lo que hicimos para ti.

Ana volvió a su casa por la madrugada, en su rostro se dibujaba la tristeza ocasionada por la melancolía de los días en calma. Subió las escaleras rumbo hacia su habitación, atravesando la oscuridad y dejando su bolsa en el camino. Se a costo sin cambiarse la ropa y empezó a llorar. Al amanecer todo había cambiado, se había levantado temprano y arreglado. La sonrisa no era sólo un gesto, sino venía desde un sentimiento. Parecía que la esperaba un gran día, y por eso bajó a la cocina a prepararse su desayuno favorito, huevos fritos con juego. Apenas llevaba dos naranjas exprimidas cuando el teléfono comenzó a sonar.

-¿Bueno?

-¡Hola!, ¿Ana? Soy Julián.

- Cómo estas- contesto Ana  con una voz dulce, pero sin ninguna pasión detrás.

Cuándo Ana terminó de hablar el cielo  estaba ennegrecido y un aire frío entraba por una de las ventanas, entonces  Ana sintió  un escalofrío que comenzó en la nuca y terminó en las manos. Pasaron algunos minutos, en los que Ana sólo se quedó parada sosteniendo el teléfono.

Pasó una hora y Sonia llegó para ir a un mercado en el norte de la ciudad. Ya en el mercado compraron varias flores en el primer puesto que vieron. Bajaron al sótano, por unas escaleras apenas visibles entre los puestos de comida y flores. En el sótano era sombrío y un humo, que provenía del incienso quemado en cada uno de los puestos, hacía que el aire fuera muy denso. Sonia respiraba de forma agitada, apenas tenía aliento, pero Ana sabía que no era por lo viciado del aire, sino por la emoción que le producía acercarse a su destino, sonreía ampliamente y se le notaba la felicidad que normalmente sólo tienen los niños, pero al pasar por un puesto cualquiera, una señora, con una cicatriz en la cara  la detuvo para saludarla.

- ¿Hola Sonia hace tiempo que no venías?- Sonia no le prestó atención fingiendo no conocerla.

- Ya te conseguí lo que me habías pedido, mira está en esta caja.- La señora sacó una caja color azul marino, con tallados de flores en la tapa. Entonces Sonia con disgusto se acercó a la señora, mientras Ana la observaba sorprendida desde lejos.

- Ya sabe donde recoger su dinero.- le dijo.

Sonia tomó de la mano a Ana y sin mostrarle el interior de la caja continuó el camino. Su rostro, que hace un instante era jovial, ahora se observaba tenso y su mirada se encontraba perdida. Pronto llegaron a una zona llena de canastas, leña y plantas. Los pasillos eran estrechos y Sonia caminaba adelante mientras Ana se sentía impresionada por aquel cambio en el espacio, de pronto todo se había vuelto más tranquilo y silencioso. De vez en cuando un grito lejano rompía ese silencio. Pero entre más se adentraban el silencio se volvía más y más denso, hasta que abarcó todos los rincones del lugar. También la luz se había perdido, ahora de los puestos colgaban focos, que parecían antorchas puestas para indicar el camino.

Sonia se detuvo en un puesto de leña, un pobre foco colgado de un cable  era la única iluminación en el lugar. Ana quería seguir recorriendo el mercado, pero Sonia estaba inmóvil frente a la leña. Cuando Ana estaba apunto de decirle a Sonia que siguieran, unos murmullos se adelantaron a sus palabras, entonces una niña de unos quince años salió por un costado de la  pila de leños. Se puso de pie y tomó de la mano a Sonia y vio su palma, después se agacho para quitar una manta que cubría un agujero en el centro de la pila. Sonia sin pensarlo se metió en él, Ana sorprendida no sabía que hacer, pero la niña con la mirada le indicaba que tomara el mismo rumbo de su amiga.

Ana se arrastró casi dos metros para salir del otro lado, y lo que encontró, la dejó completamente sorprendida. Los leños sólo eran la fachada para cubrir una pequeña sala en donde se hallaba sentado, en un sillón de piel negra,  un hombre de mediana edad, con el cabello rojo y los ojos azules. Sonia la presento y este hombre de buen parecido le hizo una reverencia con la cabeza y dijo.

- Creo que ya sabes quién soy.

- No, nunca lo había visto. -Contesto Ana viendo hacia Sonia en busca de ayuda.

- Claro que los sabes, pero me has olvidado, nos conocimos ya hace tiempo.

Ana no contesto, mientras tanto a Sonia la mirada y la sonrisa se le volvían cada vez  más duras con lo que oía, entonces dijo.

- Recber sabes que venimos por los muñecos, así que basta de pláticas.

- ¡Entonces te llamas Recber!- dijo Ana.

-No, ese no es mi nombre, pero así me dicen.- Contestó con una ligera sonrisa.

- ¿Y cuál es tu nombre?

- Eso tu ya lo sabes, pero como te dije me has olvidado. Y no me sorprende porque la  vida pasa al igual que los sueño. Cuando despertamos sólo recordamos un poco de lo soñando y olvidamos el resto. Pero a veces despertamos y recordamos sueños pasados o tal vez nuestro propio pasado, ¿quién sabe qué parte de  lo olvidado ha  sucedió en  realidad?

Recber hizo guardo silencio unos segundos y dijo.

- ¡Aquí están los muñecos! Al mismo tiempo que señalaba una caja completamente lisa.

Sonia la tomó y salió de ahí sin despedirse. Ana se mantuvo con la mirada puesta en este hombre salido de algún cuento para niños o de un sueño.

- Sé lo qué piensas. Te preguntas en dónde me conociste. Pero tal vez esa no es la pregunta correcta. Creo que debes preguntarte porqué no me recuerdas o por qué no recuerdas tus sueños.

Sonia y Ana llevaron la caja metálica a la casa de la señora Juana, pero esta no se encontraba, en su lugar las había recibido Paula, que sin decir ninguna palabra las condujo a la parte trasera de la casa, donde se ubicaba un galerón abovedado con arcos de medio punto. Ahí encontraron una sala ya pasada de moda y una mesa larga con sólo dos sillas en las cabeceras. En el fondo se hallaba un copia de la pintura “La vuelta a la pesca” de José Gutiérrez Solana.

Sonia puso el maletín sobre la mesa, entonces Paula se acerco con la intención de abrirlo, pero se detuvo porque Sonia se interpuso en su camino:

- ¿Qué te pasa?, Quiero verlos. – Dijo con enojo Paula.

- Nadie los va a ver antes que Juana.

- Por favor déjame verlos.

Seguían discutiendo, pero Ana no les prestaba atención, estaba más interesada en la pintura del fondo y de sus personajes que observan al espectador desde las sombras de un muelle. De pronto Sonia la tomó de la mano y la jaló hacia ella y dijo.

- ¡Mira!, la llave la va a guardar Ana, así ninguna de las dos tendrá porqué desconfiar -entonces al rostro de Sonia volvieron los gestos de niña, y con una sonrisa abrazó a Ana. - Aquí tienes las llaves del maletín, mañana temprano cuando llegué Juana, las tres veremos nuestro destino.

-  ¡Mañana!- contesto Ana-. Pero tengo un compromiso.

- No te preocupes nos vamos a quedar a dormir y mañana después de ver los muñecos yo te llevo a tu casa.- dijo Paula.

Ana tomó la llave y la guardó en su bolso, después caminaron  de vuelta a la casa principal.

- Y en dónde vamos a dormir- pregunto Ana.

- Separadas por supuesto, en esta casa no pueden dormir dos en el mismo cuarto.- contestó Sonia.

- Por eso la casa principal tiene dieciséis cuartos, para que siempre los invitados puedan dormir solos. Pero ven te mostraré toda la casa.- Sonia tomó de la mano a Ana y la llevó corriendo a la mansión.

Subieron al segundo piso, este tenía un estancia en donde se hallaba una televisión y una pequeña sala de estilo moderno, a la izquierda se encontraba una puerta y a su lado una pintura de un comandante del ejercito del imperio español, con un uniforme de la época de Carlos I.

Entraron a la habitación, la cual no tenía ninguna ventana y estaba rodeada  por  armarios, con excepción de la pared ubicada frente a la cama, en donde se hallaba colgado un espejo.

- Aquí vas a dormir, qué te parece.- Ana no contesto, pero en su rostro se notaba el desagrado por tener que dormir ahí.

En el fondo de la estancia había un pasillo pequeño y oscuro con tres puertas, una en el fondo y dos a los costados. Sonia sólo abrió la de la izquierda y comentó.

- En la del fondo dormiré yo, en la de la derecha está el baño.

La puerta de la izquierda llevaba a una terraza, de donde se podía ver el jardín trasero. Dos palmeras enormes y sombrías se alzaban a  la altura del tejado.

Ya casi era de noche y el viento movía las palmas con violencia,  al chocar entre sí emitían  sonidos parecidos a los sollozos del alguien desconsolado. Ana sentía un miedo que viene del estomago y se queda en la garganta sin poder salir. Sonia se veía tranquila ya había pasado tantas noches en esa casa que difícilmente el viento la ponía nerviosa.

Ana se bañaba, mientras sus dos amigas la esperaban en la sala.

- ¿Le diste la habitación de los armarios?

- Sí.- Contestó Sonia con una sonrisa como la de los niños cuando cometen alguna travesura.

- No crees que es demasiado para ella. Yo todavía tengo pesadillas por los gritos de aquella chica, que durmió en esa habitación el mes pasado, además todavía no se me olvida  su cara de terror, cuando la encontré en cuclillas en el tercer piso.

- Mira Paula,  tú eres la más beneficiada de esto, porque si ella huye, volverás a ser la favorita.

- ¡Qué dices! Sigo siendo la favorita.- Contestó Paula con un tono de arrogancia en su voz.

- Con el tiempo te has vuelto cada vez más ilusa.

Ana fue la primera en irse a dormir. No podía lograrlo, porque un pequeño hilo de luz entraba por debajo de la puerta y además el sonido de la televisión y algunas risas de Sonia se oían a lo lejos. El sueño la encontró de pronto y durmió profundamente la mitad de la noche. Su sueño fue extraño porque ella no participaba en éste.

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